Es muy conocida de unos años para acá la anécdota que se ha convertido en chiste en el que un maestro pregunta a sus alumnos: “¿Qué vende Starbucks?”. Temeroso, pero seguro, un alumno contesta “Café”. El profesor suelta una risita discreta y les contesta: “No jóvenes, lo que vende Starbucks es una experiencia”.

En una de mis clases del último semestre de Literatura, mi profesor de Teorías de la materialidad soltó una aseveración similar (no usando a Starbucks como ejemplo, pero eso da igual). Él sembró, sin saberlo, mi curiosidad en torno al concepto mismo de “experiencia”, y cómo eso podría relacionarse con lo que hasta ese momento había intentado en mis ejercicios editoriales profesionales y teóricos.

Bastantes años después del momento en el que eres un adolescente y debes decidir qué quieres estudiar y, probablemente ejercer, el resto de tu vida, descubrí la carrera de Diseño Industrial. Vivía solo y me mantenía a mi mismo, y por ende, la idea de realizar una nueva carrera de manera presencial, que consumiera todo mi tiempo y atención, era un sueño lejano y poco plausible.

Comencé, de cualquier modo, a consumir teoría del diseño. De diseño industrial, de producto y, eventualmente, de Diseño de Experiencia. Hoy en día, creo que puedo contestar, hasta cierto punto, y de manera muy amplia, qué es diseñar. Para mí, diseñar es resolver un problema. Y como dice el dicho “hay muchas maneras de pelar un gato”. No solo hay muchas maneras de diseñar, el mundo necesita todas esas formas del diseño para resolver distintos tipos de problemas, e incluso, distintas partes de un mismo problema.

Uno de mis profesores de edición, que era un gran editor, pero no tan buen maestro, solía hablar no muy bien de los diseñadores, así, en general, aunque él se refería específicamente a los diseñadores gráficos y editoriales. En primer trabajo (mi primera chambaaa), en un departamento editorial, los diseñadores constantemente se quejaban de otros involucrados en el proceso: de los editores, los correctores y hasta de los autores. Sin embargo, por más rispideces que pudiesen surgir en un ambiente en donde todo urge siempre, la realidad es que todo siempre llegaba a buen puerto gracias a la colaboración: gracias a que todos sumábamos nuestros talentos y habilidades para abordar un problema de forma multidisciplinaria, generando soluciones más creativas y efectivas.

Ahora bien, ¿qué lugar tenemos en el amplio espectro del diseño aquellos que, por formación o por vocación, nos hemos especializado en el lenguaje? No solo somos útiles en el plano de la comunicación (es decir, no solo diseñar contenidos), sino también en todo lo que esto y otros procesos implican.

En términos generales, un profesional de la lengua (un lingüista, un filólogo, etcétera) tiene una comprensión profunda de cómo trabajan los sistemas, pues su objeto de estudio (la lengua) es el sistema por excelencia. De su estudio estructurado, establecido por Saussure, se desprendieron metodologías de investigación para la mayoría de las ciencias sociales durante el siglo pasado.

Pensemos también en que, como decía Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Si aceptamos lo anterior, podríamos pensar, por ende, que los límites de mi lenguaje son los límites de mi experiencia. El mundo sensible solo se vuelve inteligible al transformarlo en lenguaje: pensado, oral, escrito. No hay un afuera del lenguaje. Cuando decimos “No puedo contártelo, tienes que vivirlo”, estamos, de hecho, contando la experiencia. Tenemos palabras incluso para aquello que, según nosotros, no puede expresarse con palabras.

¿Cuántas veces no te han dicho una sola palabra que arruina totalmente tu día, o, por el contrario, que afecta positivamente el resto de tu jornada? Las palabras son poderosas no por ningún esoterismo extraño, sino porque son, en el fondo, lo que dan forma al mundo en el que vivimos y convivimos con los otros.

En la vida diaria tenemos otros estímulos: olemos, sentimos distintas texturas, percibimos en la piel el frío o el calor. La experiencia en el mundo no-digital abarca más de nuestros sentidos. En la experiencia digital eso es, necesariamente, reemplazado y sustituido, emulado. Sonido, animación, diseño gráfico y por supuesto: escritura. Y aquí viene el momento de aplicar todo lo que sabemos: teorías lingüísticas en todos sus niveles (especialmente pragmática y semántica), teorías de la comunicación. Una aplicación real de la gramática descriptiva y no de un enfoque prescriptivo y academicista: trabajaremos con lengua viva y cambiante para un producto vivo y cambiante, para usuarios vivos y cambiantes.

Si tú también eres un especialista de la lengua y los límites de la academia no te satisfacen más, prueba nuevos horizontes. En el amplio mundo del diseño, eres necesario. Hay muchos y muy buenos que diseñan con formas y colores. Y necesitan en su equipo profesionales que resuelvan otra parte del problema: que diseñen con palabras.